Una Excursión a los Indios Ranqueles

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plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Ya he dicho que Camilo Arias conocía la lengua de los indios y que éstos lo ignoraban. Algo había oído, cuando espiaba la ocasión de hacerme una seña. Mis órdenes no habían variado: conmigo no tenía que hablar sino en casos urgentes y graves.

¿Qué habrá?, me dije, al entrar en el toldo de Mariano Rosas; me detuve, y diciéndole a éste:

-Ahora vuelvo -y haciendo como que buscaba en mis bolsillos un objeto extraviado-, di media vuelta, salí y me dirigí a mi rancho. El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra, caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por media de una maniobra casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno de sus resquicios me decía:

-Hay novedad, señor.

-Entra -le contesté, llamando a varios oficiales y asistentes para que no se notara su entrada.

Entraron unos y otros, les di ciertas órdenes, se retiraron y así que estuvimos solos con Camilo, le pregunté:

-¿Qué hay?

-Acabo de oírles, en el corral una conversación a unos indios -me contestó.

-¿Qué decían?

-Que nos iban a salir a la cruzada.

-¿Por dónde?

-Por los montes de la Jarilla.

-¿Y qué más decían?

-Que a mí me tenían mucha gana; que yo he muerto muchos indios, que a un capitanejo le he dado un sablazo en la cara, que todavía tiene la cicatriz, que a otro lo hice prisionero y se lo llevaron a Córdoba.

-¿Nada más decían?

-Sí, señor; decían más: que usted me ha traído a mí por burlarse de ellos.

-¿Y saben que me voy?

-Sí, señor, y que va a dormir en el toldo de Ramón.

Me decía esto, cuando una voz que yo no podía oír sin experimentar una conmoción nerviosa, dijo desde la puerta del rancho sin asomarse:

-Con el permiso de su mercé.

No necesitaba dar vuelta y mirar, para ver quién era. No sonaba el acordeón; pero él estaba ahí, con sus motas paradas.

Sin darme tiempo para contestarle y entrando, añadió:

-Dice el General que por qué no va.

-Dile que ya voy -le contesté.

Salió el negro, le pregunté a Camilo que si los indios esos que habían estado hablando estaban ahí, me contestó que sí; le despedí y pasé al toldo de Mariano Rosas.

Lo que los indios decían de Camilo era cierto.

Varias veces, siendo soldado raso, midió sus armas con los indios, mató algunos, hirió a un capitanejo muy mentado y a otro lo tomó prisionero.

Yo estuve por no llevarle conmigo.

Pero tenía tanta confianza en él, me era tan útil en el campo, por su instinto admirable, que prescindí de los antecedentes referidos y lo agregué a mi comitiva.

Por supuesto que para acabar de probar el temple de su alma, antes de darle la orden de aprontarse para marchar, le pregunté si no tenía recelo de ir conmigo a los indios, a lo cual me contestó:

-Señor, donde usted vaya voy yo.

-¿Y si los indios te conocen? -le observé.

-Señor -repuso-, yo no los he peleado a traición.

Entré en el toldo de Mariano Rosas.

Estaba con visitas.

Todos eran indios conocidos, excepto uno en cuya cara se veía una herida longitudinal que si hubiera sido más oblicua, le deja sin narices.

Mariano Rosas me recibió con más afabilidad que nunca, y después de preguntarme si ya estaba pronto, me dijo, señalando al indio de la herida:

-¿Lo conoce, hermano?

-No -le contesté.

-Ese sablazo se lo ha dado Camilo Arias -agregó.

-Eso tiene andar en guerra -repuse.

-Es verdad, hermano -me contestó.

Oyendo una contestación tan razonable, le referí lo que acababa de decirme Camilo Arias.

No me contestó.

Habló con las visitas, levantando mucho la voz, les despidió con un ademán, y no bien habían salido del toldo, me dijo:

-No tenga cuidado, hermano, nadie lo ha de incomodar en su viaje, ahora estamos de paces.


-Así lo espero.

Y sin darle tiempo a hablar, agregué:

-Hermano, mis caballos están prontos. Deseo me diga qué se le ofrece.

Me hizo una porción de preguntas relativas al Tratado; me anunció, en prenda de amistad, una invasión de Calfucurá a la frontera norte de Buenos Aires por la Mula Colorada, me hizo varios encargos, y terminó pidiéndome que las partidas corredoras de campo de mi frontera no avanzaran tanto al sud, como tenían costumbre de hacerlo, fundándose en que eso alarmaba mucho a los indios, porque los que salían a boleadas, cruzaban siempre sus rastros y venían llenos de temores.

Satisfice sus preguntas sobre el Tratado, le ofrecí llenar sus encargos, le prometí que las partidas corredoras de campo harían el servicio de otro modo, y me quedé estudiosamente distraído con la mirada fija en el suelo.

-¿Se va contento, hermano?

En lugar de contestarle, lo miré como diciéndole, ¿y me lo pregunta usted?

-Yo he hecho todo cuanto he podido por servirle y porque lo pasara bien -me dijo.

-Asi será; pero yo le he pedido una cosa y me la ha negado -le contesté.

-¿Qué cosa, hermano?

-¿Para qué se le he de decir?

-Dígame, hermano.

-Me voy sin Macías, y usted sabe que es un compromiso para mí.

-¡Macias! ¡Macías¡ ¿Y para qué quiere ese dotor, hermano? -exclamó.

-Ya se lo he dicho a usted; Macías no es un cautivo. Usted está obligado por el tratado a dejarlo en libertad, él quiere irse y usted no lo deja salir.

Se quedó pensativo...

Yo le observaba de reojo.

Llamó...

Vino un indio.

-Ayala -le dijo, y el indio salió.

Permanecimos en silencio.

Vino Ayala.

Mariano Rosas le habló así. Repito sus palabras casi textualmente:

-Coronel, mi hermano quiere sacarlo al dotor, yo pensaba dejarlo dos años más para que pagase lo que ha hecho contra ustedes, que son hombres buenos y fieles.

Ayala no contestó, sus ojos se encontraron con los míos.

-Coronel, mi hermano quiere sacarlo al dotor , yo pensaba dejarlo dos años más para que pagase lo que ha hecho contra ustedes, que son hombres buenos y fieles.

Ayala no constestó, sus ojos se encontraron con los míos.

-Coronel -le dije- Macías es un pobre hombre, ¿qué ganan ustedes con que esté aquí? Sean ustedes generosos, si él no ha correspondido como debía a la hospitalidad que le han dispensado, perdónenlo, tengan ustedes presente que no es un cautivo, que el Tratado le obliga a mi hermano a dejarlo en libertad y que reteniéndolo me comprometen a mí, le comprometen a él y comprometen la paz, que tanto nos ha costado arreglar.

Ayala no contestó, se encogió de hombros.

Mariano Rosas le miró con aire consultivo y le dijo:

-Resuelva, Coronel.

No le di lugar a que contestase y le dije:

-Amigo, piense usted que ese hombre no está aquí por su gusto, y que si ustedes se oponen a que salga, quedará justificado cuanto ha escrito en las cartas que mi hermano me ha hecho leer. Ayala lo miró a Mariano Rosas como diciéndole: Resuelva usted.

Viendo que vacilaba en contestar, me levanté, y estirándole la mano, le dije:

-Hermano, ya me voy.

-Aguárdese un momento -me contestó, y dirigiéndose a Ayala, le dijo:

-¿Y qué hacemos?

-¡Adiós! ¡Adiós!, hermano, ya me voy -volví a decirle.

-Que se lo lleve -contestó Ayala.

-Bueno, hermano -dijo Mariano Rosas, y se puso de pie, me estrechó la mano y me abrazó reiterando sus seguridades de amistad.

Salí del toldo.

Mi gente estaba pronta, Macías perplejo, fluctuando entre la esperanza y la desesperación.

-¡Ensillen! -grité.

-Y... -me preguntó Macías, brillando sus ojos con esa expresión lánguida que destellan, cuando el convencimiento le dice al prisionero: ¡Todo es en vano! Y el instinto de la libertad: ¡Todavía puede ser, valor!

Me acordé del salmo de Fray Luis de León, Confitemini Domino y le contesté:

Cantemos juntamente,
cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
Canten los libertados,
los que libró el Señor del poderío
del áspero enemigo...

-¿De veras? -me preguntó enternecido.

-De veras -le contesté, y diciéndole en voz baja, disimula tu alegría, le grité a Camilo Arias:

-¡Un caballo para el doctor Macías!

Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas infelices cautivas, y un momento después estaba a caballo. Los que me habían ofrecido acompañarme, viendo que Mariano Rosas no se movía, se quedaron con los caballos de la rienda, ni siquiera se atrevieron a disculparse.

La entrada había sido festejada con cohetes, descargas de fusilarías, cornetas y vítores; la salida era el reverso de la medalla: me echaban, por decirlo así, con cajas destempladas. Sólo un hombre me dijo adiós, con cariño, sin ocultarse de nadie, ni recelo: Camargo.

Aquel bandido tenía el corazón grande.

El cacique se mostraba indiferente; los amigos habían desaparecido. En Leubucó, lo mismo que en otras partes, la palabra amigo ya se sabe lo que significa.

Amigo, le decimos a un postillón, te doy un escudo si me haces llegar en una hora a Versalles, dice el conde de Segur, hablando de la amistad. Amigo, le decía un transeúnte a un pillo, iréis al cuerpo de guardia si hacéis ruido. Amigo, le dice un juez al malvado, saldréis en libertad si no hay pruebas contra vos; si las hay os ahorcarán.

Con razón dicen los árabes, que para hacer de un hombre un amigo, se necesita comer junto con él una fanega de sal.

Mariano Rosas estaba en su enramada, mirándome con indiferencia, recostado en un horcón.


Me acerqué a él, y dándole la mano, le dije por última vez:

-¡Adiós, hermano!

Me puse en marcha. El camino por donde había caído a Leubucó venía del Norte. Para pasar por las tolderías de Carrilobo y visitar a Ramón, tenía que tomar otro rumbo. Mariano Rosas no me ofreció baqueano. Partí, pues, solo, confiado en el olfato de perro perdiguero de Camilo Arias. Sólo me acompañaba el capitán Rivadavia, que regresaría de la Verde para permanecer en Tierra Adentro hasta que llegasen las primeras raciones estipuladas en el Tratado de Paz. ¿Qué había determinado la mudanza de Mariano Rosas después de tantas protestas de amistad? Lo ignoro aún.

Galopábamos por un campo arenoso; yo iba adelante, Camilo Arias a mi lado, mi gente desparramada.

Era la tarde, el sol declinaba, en lontananza divisábamos un monte, cruzábamos una sucesión de médanos; tendía de vez en cuando la vista atrás, Leubucó se alejaba poco a poco; me parecía un sueño.

Llegamos a una aguadita, donde Camargo tenía su puesto. Hallé allí un compadre, el indio Manuel López, educado en Córdoba, que sabe leer y escribir. Eché pie a tierra para esperar que llegara toda mi gente y marchar unidos: íbamos a entrar en el monte y la noche se acercaba.

Sucesivamente se me incorporaron los que se habían quedado atrás. Viendo que faltaba Macías, pregunté por él. Ahí viene, me contestaron. Efectivamente, a poca distancia se veía el polvo de un jinete. Llegó éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver a Macías, vi... ¡Horrible visión! ¡horrible, most horrible! al negro del acordeón. Quiso hacer sonar su abominable instrumento; se lo impedí.

¿Qué venía a hacer?

Después lo sabremos.

Esperé a Macías un rato.

No apareció.

-Lo han de haber hecho quedar -me dijo el capitán Rivadavia-; yo por eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdía el tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.

Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope a ver si divisaban algunos polvos.

Partieron, y cuando ya iba a obscurecer, volvieron diciéndome que nada se veía.

No era posible esperar más.

Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte, porque la noche estaría muy oscura, y partimos.

¡Qué poco había durado la felicidad de Macías!


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