Una Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla
Presentación
Índice
Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.
Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.
Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.
Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.
Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.
Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.
Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.
Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.
Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.
Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.
Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.
Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.
Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.
Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.
Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.
Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.
Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.
Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.
Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.
Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.
Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley
Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.
Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.
Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?
Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.
Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.
Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.
Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.
Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.
Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.
Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.
Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.
Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.
Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.
Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.
Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.
Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.
Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.
Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.
Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.
Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.
Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.
Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.
Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.
Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.
Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!
Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.
Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.
Epilogo.
Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.
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La noche fue de hielo, larga y fastidiosa.
La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada. Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada cama, miré por una abertura que a guisa de respiradero había formado con las cobijas.
Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta, que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.
¡Qué pensamiento tirano podía preocuparles en aquellas alturas! La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que excitan las pasiones nos condenan sin apelación a la dura ley del trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado como temido, les damos un eterno adiós a las eternas vanidades, que eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los resortes de acero de las almas mejor templadas.
Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable otomana cubierta de terciopelo.
Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.
Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa. Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate con yerba y café, fui a examinar un sitio donde debía hacerse el altar, si el viento calmaba.
El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido. Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba. Se avisó a los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se buscó un rancho.
Todos estábamos muy contrariados.
El mismo sentimiento nos dominaba. Como verdaderos creyentes, reconocíamos que a la inmensa majestad de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento, o bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas, cuyas torres audaces, empinándose a grandes alturas, parecen querer tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.
Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento. La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las influencias poéticas del mundo exterior.
El viento no cesaba.
Tuvimos que resignarnos a recurrir al rancho de un sargento de la gente de Ayala.
Lo asearon lo mejor posible, y en un momento los franciscanos improvisaron el altar.
Poco a poco fueron llegando hombres y mujeres, y ocupando sus puestos.
Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían.
Hincados, sentados, o de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de los sacerdotes.
Miré el reloj, marcaba las nueve. Es la hora, Padres, les dije, y me dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, a la capilla. No podía ser más modesta.
Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos a honrar había nacido en un establo, durmiendo en pajas. Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las paredes del rancho.
El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente custodia y las vinajeras plateadas.
Todo estaba muy bonito, incitaba a rezar.
El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y vagos.
Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.
Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.
Grupos de indios curiosos nos acechaban.
Reinaba un profundo silencio.
La metálica campanilla vibró, invitando a hacer acto de contrición por la sangre del Redentor.
Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos bárbaros, resonaban los ecos del humilde Confiteor Deo Omnipotenti .
Los cristianos oraban con intensa devoción.
Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al altar.
Entre ellos había varios indios.
En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento o de dolor; en otras vagaba por su fisonomía algo parecido a un destello de esperanza.
Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado con Dios, elevando su espíritu a él en presencia de la cruz y del altar.
Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi madre.
Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar llevándome todos los domingos a la iglesia de San Juan para que ayudara a misa bajo su vigilante mirada.
-¡Pobre mi madre! -me decía-, ¡qué lejos estás!
Rogaba a Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por esos martirios, porque debido a ellos me era permitido experimentar el placer de prestigiar a la religión entre los infieles, tomando parte en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.
Después que se acabó todo, que los padres repitieron sus bendiciones, se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla volvió a quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.
Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida nos fuimos con los franciscanos a darle las gracias a Mariano Rosas.
Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un plato de abundante puchero con choclos y zapallo.
El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie, nos dio la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó a todos los circunstantes.
Estaba ocupado en algo muy grave.
Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos el éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre a la tarea de la persuasión previa.
Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.
Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su palabra es fácil, calculada e insinuante, pero a veces se exaltaba levantando la voz, fijando su mirada en el indio a quien le contestaba. Y accionando con los brazos, contra su costumbre.
Me trajeron de comer y comí.
La conferencia iba larga.
Me retiré, conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la junta.
Yo quería saberlo con alguna anticipación; porque me proponía pasar hasta las tierras de Baigorrita.
Dormí una buena siesta.
El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.
Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me invitaba a pasar a ella.
Acudí a su llamado.
Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón, haciendo cabriolas y dándole duro a su instrumento, salió del toldo. Aquel diablo me hacía el efecto de un jettatore .
Pero allí no había más remedio que aguantarle.
Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.
Mientras el negro estuvo ahí, fue excusado hablar de cosas serias.
El Cacique no estaba sino para bromas.
Me hizo una larga serie de preguntas, referentes todas a Buenos Aires y a la familia de Rosas. Sus recuerdos eran indelebles.
Me parecía que su objeto se reducía a cerciorarse de si efectivamente yo era sobrino del Dictador, cuyo retrato me pidió, diciéndome que era el único que no tenía en su colección.
Y efectivamente así era.
Díjole al negro que trajera los retratos.
Entró éste al toldo y volvió con una cajita de cartón muy sucia, en la que había una porción de fotografías, la de Urquiza, la de Mitre, la de Juan Saa, la del general Pedernera, la de Juan Pablo López, la de Varela, el caudillo catamarqueño, y otras.
Devolvióle al negro la cajita para que la pusiera en su lugar .
El favorito la llevó, y felizmente se quedó en el toldo.
Entramos en materia.
Todo estaba arreglado con los notables del desierto.
La Junta se haría a los cuatro días porque había que hacer citaciones.
No habría novedad.
Yo expondría en ella los objetos de mi viaje, y Mariano me apoyaría en todo.
Sólo había un punto dudoso.
¿Por qué insitía yo tanto en comprar la posesión de la tierra?
Mariano me dijo:
-Ya sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados.
-Ya lo sé; pero del actual Presidente de la República, con cuya autorización he hecho estas paces, no deben ustedes desconfiar -le contesté.
-¿Usted me asegura que es buen hombre? -me preguntó.
-Sí, hermano, se lo aseguro -repuse.
-¿Y para qué quieren tanta tierra cuando al sur del río Quinto, entre Langhelo y Melincué, entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos despoblados?
Le expliqué que para la seguridad de la frontera y para el buen resultado del tratado de paz, era conveniente que a retaguardia de la línea hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y a vanguardia otras tantas en las que los indios renunciasen a establecerse y a hacer boleadas cuando les diera la gana sin pasaporte.
Me arguyó que la tierra era de ellos.
Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían productiva; que el Gobierno les compraba, no el derecho a ella, sino la posesión, reconociendo que en alguna parte habían de vivir.
Me arguyó con el pasado diciéndome que en otros tiempos los indios habían vivido entre el río Cuarto y el río Quinto, y que todos esos campos eran de ellos.
Le expliqué que el hecho de vivir o haber vivido en un lugar no constituía dominio sobre él.
Me arguyó que si yo fuera a establecerme entre los indios, el pedazo de tierra que ocuparía sería mío.
Le contesté que si podía venderlo a quien me diera la gana.
No le gustó la pregunta, porque era embarazosa la contestación, y disimulando mal su contrariedad, me dijo:
-Mire, hermano, ¿por qué no me habla la verdad?
-Le he dicho a usted la verdad -le contesté.
-Ahora va a ver, hermano.
Y esto diciendo, se levantó, entró en el toldo, se volvió trayendo un cajón de pino, con tapa corrediza.
Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de zaraza con jareta.
Era su archivo.
Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos.
El conocía cada papel perfectamente.
Podía apuntar con el dedo al párrafo que quería referirse.
Revolvió su archivo, tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó de ella un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido manoseado muchas veces.
Era La Tribuna de Buenos Aires.
En ella había marcado un artículo sobre el gran ferrocarril interoceánico.
Me lo indicó, diciéndome:
-Lea, hermano.
Conocía el artículo y le dije:
-Ya sé, hermano, de lo que trata.
-¿Y entonces por qué no es franco?
-¿Cómo franco?
-Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que pase por el Cuero un ferrocarril.
Aquí me vi sumamente embarazado. Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de hacer.
-Hermano -le dije-, eso no se ha de hacer nunca y si se hace, ¿qué daño les resultará a los indios de eso?
-¿Qué daño, hermano?
-Sí, ¿qué daño?
-Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sur, y querrán echarnos de aquí, y tendremos que irnos al Sur de Río Negro, a tierras ajenas; porque entre esos campos y el Río Colorado o el Río Negro no hay buenos lugares para vivir.
-Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la paz.
-No hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.
-Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos.
El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! y me dijo:
-Hermano, en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como quiera.
No le contesté, le eché una mirada escrutadora, y nada descubrí, su fisonomía tenía la expresión habitual. Mariano Rosas, como todos los hombres acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre sí mismo.
Es excusado querer leer en su cara la sinceridad o la falsía de sus palabras, dice lo que quiere; lo que siente, lo reserva en los repliegues de su corazón.
Se puso a acomodar su archivo, y luego que estuvo en orden, cerró el cajón, y llamó, diciendo:
-¡Negro, negro!
Me estremecí.
Tomé un pretexto para no verle la cara, y me despedí.
La hora de comer se acercaba. En el fogón había gordos asados extendidos ya sobre brasas. Despedían un tufo incitante y no era cosa de dejar que se chamuscaran.
-¡A comer, caballeros! -grité.
Se hizo la rueda y empezó la comilona.
Mi comadre Carmen andaba por allí. Le ofrecí asiento, sentóse, y nos entretuvo un largo rato contándonos su vida y enterándonos de algunas particularidades de los usos y costumbres ranquelinas.
A Mariano Rosas le llegaron vespertinas visitas, que pasaron la noche con él entregadas a los placeres de la charla y del vino.