Una Excursión a los Indios Ranqueles

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plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo XVII. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca de mí.

Así dormíamos siempre.

Yo se los había recomendado.

La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros, su paciente conformidad en los peligros, su carácter afable, su porte siempre comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte adhesión.

Se concibe, pues, que unido a estos sentimientos el deber que tenía de cuidarlos, tratara de tenerlos constantemente a mi

Cuerpo sano en alma sana es roncador.

Los reverendos roncaban a dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el padre Marcos de bajo profundo.

Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían estar tan fatigados, que habría sido imperdonable arrancarles a un sueño que, si no era interesante, debía ser agradable y reparador.

No pude continuar durmiendo.

Me puse a soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego.

Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban cumplidas, hube de levantarme.

Seguí morrongueando y contemplando las estrellas que tachonaban el firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del rey del día, hasta que sentí hervir el agua.

Levanteme, senteme al lado del fogón y mientras mi gente dormía como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen, echándonos al coleto sendos mates de café.

Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y a propósito de esto, tuve que resignarme a escuchar su cariñoso reproche de que no diera tanto, porque pronto nos quedaríamos sin cosa alguna.

Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse ceniza y desaparecer la materia, por decirlo así, cuando Carmen exclamó:

-Ya viene el día.

-Pues despierta a Camilo -le dije-, que venga a tomar mate.

Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me quedé dormitando un momento.

Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar.

Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación despertara en mí la curiosidad de saber a quién se dirigía, tendí la vista alrededor del fogón y vi un indio rotoso, sin sombrero, tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y metiendola izquierda con disimulo en aquélla.

-¿Cómo va, hermano? -le dije.

-Bueno, hermano -contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió, llevando un puñado de azúcar a la boca:

-Mucho frío ese pobre indio.

Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.

Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando había vuelto a él, el día antes, después de haber andado con la gente de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían un gran malón; que el indio Blanco, que había llegado de Chile al mismo tiempo que yo, era el autor de la mala nueva, que todos estaban muy alarmados, que habían mandado tres grandes descubiertas para el norte, para el naciente y, para el poniente, por los caminos del Cuero, del Bagual y las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.

Era la confirmación de mis conjeturas.

¡Quién sabe lo que va a suceder -decía yo para mis adentros-, si las tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis, Córdoba y sur de Santa Fe! Nada de

extraño tiene que las sientan, que las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al sur, y que los descubridores traigan un parte falso.

Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos días, y sentándose en la rueda del fogón, que convidaba con sus hermosas brasas.

Después de los padres, se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales, y la conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción alguna lo bien que habían dormido.

Los padres no necesitaban jurarlo.

El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción de historias; entre ellas nos habló de un pariente suyo que había vivido sin cabeza; de unos indios que dizque vivían en tierras muy lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero: de otros que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas adelante, pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad.

Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo.

Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas.

Me contestó que no, que su padre se las había contado.

Por supuesto, que éste tampoco las había visto: se las había contado el abuelo de nuestro interlocutor.

Pero, ¿qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas, cuando uno de mis ayudantes, el Mayor Lemlenyi, creía, porque se lo había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el suelo, hacen un pocito con el dedo, o con el mismo rabo, para meterlo en él y estar con más comodidad?

Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.

Todo cabe dentro de ellas -la verdad lo mismo que la mentira.

Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira que en la verdad.

Machiavelo dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de encontrar quien se resuelva a mentir.

Amaneció.

Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por un yuyo malo.

Ibamos a estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.

Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos caballos, me notificó que el capitanejo vendría a visitarme al rato. Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.

El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, achúcar, achúcar, se lo dieron y, se marchó.

Poco a poco fueron llegando Visitantes, o mejor dicho curiosos, porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo, se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban diciendo algunas veces: Adiós, amigo, pidiendo otras un cigarro.

La visita anunciada llegó a las dos horas. Le acompañaban veintitantos indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dio un mensaje de Mariano Rosas y tomó asiento en el suelo, a mi lado, pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.

Arméselo, encendilo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.

Mariano Rosas me invitaba a cambiar de campamento, a avanzar una legua; y me pedía disculpas.

El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente diciéndome que estaba achumado

Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado, durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos pingos.

Se lo dije a Caniupán, manifestándole con grosería que aquello era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar a los ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.

Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos, tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato con desahogo.

Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne a mi conductor y nos pusimos en viaje.

Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino.

Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al galope:

-Galope, amigo.

Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni contesté, ni galopé.

-Galope, galope, amigo -me gritó el indio.

Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto aquella especie de imposición.

-No quiero galopar -le contesté.

Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la marcha de los indios, llegasen galopando:

-¡Despacio!, ¡despacio! -les grité.

Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos quedamos atrás, formando otro.

Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme a su altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles a los míos: ¡al galope!, galopamos todos, y digo todos, hablando con propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán a la par mía.

El punto a donde nos dirigimos era en la Laguna de Calcumuleu, que quiere decir agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de Aillancó y quedaba como a seiscientos metros de la orilla del monte de Leubucó.

De consiguiente, poco demoramos en llegar.

El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay muchas, reduciéndose su mérito a tener vertientes de agua potable casi siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.

Al llegar, Caniupán me dijo:

-Aquí es donde dice Mariano que puede parar.

-Está bien -le contesté, haciendo alto, echando pie a tierra, y ordenando que camparan.

El indio vio desensillar los caballos, sacar las tropillas a cierta distancia para que, comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de que de allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces el mayor cuidado con los caballos, y se fue, a Dios gracias, dejándome en paz, pero no sin que quedaran por ahí, dispersos, a manera de

espías, unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un rato, a Alliancó.

Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó hacer algunos asados, pero el charqui había desaparecido. Fue menester apretarse la barriga, y seguir dándole a la yerba y al café.

Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del norte para el sur, del sur para el norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.

Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.

Yo me propuse no hablar con nadie ese día, a no ser que viniera ex profeso, mandado por alguien; así fue que me lo llevé paseando por la costa de la laguna, leyendo a Beccaria a ratos, otras veces, un juicio crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal a quien podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa.

Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una retahíla de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos. Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios, con motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con ellos.

Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día.

Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé a Camilo Arias, y, le pregunté si había habido alguna novedad. Contestome que no, aunque habíamos estado rodeados de espías. Me incorporé en el blando lecho de arena, dirigí la visual a derecha e izquierda; a la espalda y al frente, y en efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.

Calentó el sol y empezaron a llegar visitantes y a incomodarnos con pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con mis ayudantes Rodríguez y Ozaprowski, porque al paso que iban, pronto se quedarían en calzoncillos.

-Bueno es dar -les dije-, mas es conveniente que estos bárbaros no vayan a imaginarse que les damos de miedo.

Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con cajas destempladas.

Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, añadiendo: cristiano malo, y se fue.

Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas. Le recibí con mala cara.

-Manda decir el general que cómo está -me preguntó.

-Tirado en el campo, dígale -le contesté.

-Manda decir el general, que cómo le va -añadió.

-Dígale -repuse- que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está comiendo las mulas que necesita para volverse a su tierra.

-Manda decir el general -continuó- si se le ofrece algo.

-Dígale al general -contesté, echando un voto tremendo- que es un bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que lo engañe.

El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oír aquella contestación; advirtiéndolo yo, agregué:

-Y dígaselo, no tenga miedo.

Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía ganas de seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso a partir. Mas en ese momento llegó un grupo de indios del norte, y mezclándose con ellos, allí se quedaron hablando -según me dijo Mora después- de que no había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.

Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fue a pasar por entre los dos franciscanos que estaban descansando en el suelo como a dos varas uno de otro.

Gritele con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el caballo y empuñando mi revólver, dispuesto a todo:

-¡Eh! ¡No sea bárbaro! ¡No me pise a los padrecitos!

Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe el caballo, casi en medio de los padres, contestó:

-Yo también sé.

-¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?

-No les iba a hacer nada -repuso.

-¡Conque no les ibas a hacer nada, bandido!

Calló, dio vuelta, les habló a los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres un rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.

¡Extraños fenómenos del corazón humano!

Algunas horas después de esta escena, a la que nada notable se siguió, ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:

-Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y éstos choclos.

El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera a mi vez.

-Gracias, hijo -le contesté-; ¿para qué te has incomodado? Apéate, tomaremos un mate y me contarás tu vida.

Apeose del caballo, maneolo, sentose cerca de mí y después de algunas palabras de comedimiento dirigidas a los franciscanos, nos contó su historia.

En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos bultos colorados.

Ya sabremos lo que era.


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