Memorias de un Sargento de Gendarmería

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Capítulo XV. ESTANCIA DE ORO

Fue a principios del año mil novecientos cuarenta y ocho, y después de una sangrienta revolución que enlutó a un país hermano y que duró casi todo un año.

Después de ella, habían quedado en nuestras fronteras innumerables cantidades de refugiados. Unos se dedicaron a trabajar honestamente; pero... no todos somos de las mismas ideas. Fueron muchos los que trataron de aprovechar la circunstancia de que el personal del escuadrón se hallaba completamente ocupado en atender a los que a Clorinda habían llegado después de terribles peripecias. Los atendíamos en campamentos improvisados en carpas, en número de más de cinco mil, a más de los numerosos enfermos y víctimas de la viruela negra, difteria y otras enfermedades contagiosas, dándoles la mayor comodidad posible.

Aprovechándose, pues, de la circunstancia nombrada (y sin tener en cuenta lo que habíamos padecido, con el crudo invierno llovedor que nos tocó en suerte ese año, con las famosas guardias de cuarenta y ocho horas, porque había que multiplicarse para atenderles, por las comisiones y patrullas que hacíamos para ir en busca de ellos, cuando cruzaban hambreados, rendidos, enfermos y heridos, en los pasos más peligrosos y retirados de nuestra jurisdicción, patrullas y comisiones agotadoras que parecían no tener fin, porque en cuanto regresábamos de una, ya teníamos que salir en otra), no se acordaron muchos de estos hombres, del sacrificio de infinidad de doctores, enfermeros, soldados, gendarmes, que pasaron horas tras horas, meses tras meses, atendiéndoles, curando enfermos y heridos, soportando temperaturas increíbles, enfermedades de toda especie, frío en el invierno e incesantes lluvias. Muchos no lo pensaron. Terminada la revolución, algunos y en número considerable, se dedicaron allá en la selva y costas del Pilcomayo, aprovechando que tenían buen armamento y equipo, a hacer cuanta fechoría tuvieron a su alcance, llevándose también la vida de uno de nuestros gendarmes, y que, de no haber sido por la pericia y el valor de nuestros hombres en el monte, más vidas se hubiesen llevado. ¡Con esto pagaron los sacrificios de nuestro escuadrón, como así también de los escuadrones Bajo Paraguay, Sáenz Peña, Fontana, Las Palmas, Lomitas, de los regimientos Veinte y Nueve de infantería y Once de exploración de Formosa y Chaco.!

Aconteció en diciembre de mil novecientos cuarenta y ocho lo ocurrido en Estancia de Oro cuando, a sabiendas de que las costas del Pilcomayo se hallaban infestadas de grandes cantidades de sujetos de mal vivir, "revolucionarios", cuatreros y malevos, dedicándose al cuatrerismo y a la devastación de nuestras selvas y a toda clase de ilícitas maniobras, que atentaban contra la población costera, a la que tenían aterrorizada, se designó una comisión de doce hombres al mando de un suboficial, suboficial de estos que no se amilanan ante nada, y al que después le cupo destacada actuación, salvando a la comisión de graves apuros.

Conocedor del terreno, valiente a carta cabal, reservado y sereno en los momentos de más peligro, demostró estas condiciones en todo momento.

Al salir la comisión del escuadrón, se nos comunicó, reservadamente, por medio de nuestro jefe, la misión que debíamos cumplir. Íbamos en exploración para saber la cantidad de maleantes que había y las armas con que contaban, como así también la verdadera posición de ellos en el terreno, aunque sabíamos, por referencias, que eran más de trescientos y que otras comisiones hasta morteros y ametralladoras pesadas les habían arrebatado y hasta un cañón antiaéreo, y que contaban, además, con mangrullos para no ser sorprendidos. Tal era el poder de los individuos nombrados en la selva y de la que se creían ya dueños.

La comisión salió para la estancia nombrada. Al cruzar el río Porteño, el caballo que montaba uno de los gendarmes se negaba a cruzarlo y hubo que castigarlo para que lo hiciese. Dijo entonces otro gendarme: "¡Parece que tiene miedo tu caballo de la Estancia de Oro!"... Insinuando con ello que ese lugar era peligroso, porque ya se habían realizado varios encuentros en la jurisdicción de ella, con gran peligro para nuestra integridad física.

Empezaron los chistes y uno "lechuceó" de que alguno se iba a quedar, debido a que éramos "trece"; pero sin intención de ofender, ni pensar en el triste acontecimiento ocurrido horas después...

Llegamos a la estancia, y después de almorzar y sentir las informaciones y comentarios de su dueño y personal, partimos hacia el lugar en donde calculamos que se encontraban los individuos. Pasamos los puestos Algarrobo y Asunción Cué de nuestro escuadrón, donde dos baqueanos se ofrecieron para acompañarnos. Este último puesto (que ahora pertenecía a la estancia nombrada), hacía unos días que había sido asaltado, viéndose obligados los moradores a huir, ya que el jefe de la familia había sido asesinado, mansalvamente, durante el asalto y sin ningún motivo. Al entrar en la selva e internarnos en una picada, sentimos ruidos al parecer de gente que se encontraba hachando. Uno de los baqueanos nos dijo que del lado de donde provenían, se encontraban los bandidos, y que distaba unos quinientos metros de donde nos encontrábamos, habiendo sendas y pacadas para llegar. Serían las tres de la tarde. Nos acercamos y sintiendo con más claridad los hachazos y los gritos que daban los maleantes al derribarse los árboles, se ordenó que tres gendarmes, entre ellos el enfermero, se quedaran de guardaganado, y el resto se dividió en tres grupos. Debíamos avanzar en abanico y siempre hacia la costa. Se nos recabó que íbamos a explorar, no a combatir, que tratáramos de toda forma de no ser sorprendidos y que, luego de observar y mandar a buscar refuerzos, nos daríamos el "gusto".

Se nos dijo que, en caso de producirse un encuentro, buscáramos enseguida cohesión con los demás grupos, y que, si nos viéramos obligados a hacer fuego, lo hiciéramos en lo posible tirando hacia el río, y que las Halcones y fusiles ametralladoras fueran manejadas tiro a tiro; con esto nos evitaríamos hacer bajas entre nosotros mismos.

Sin hacer un solo ruido, con el arma lista y la mirada atenta, después de mandarnos un buen trago al "gaznate" y ajustarnos bien la "faja", empezó la exploración. Había pasado más o menos media hora y, pese al cuidado que habíamos puesto, nos descubrieron los bandidos, sorprendiéndonos con disparos de toda clase de armas, iniciándose inesperado, feroz encuentro.

No se pidió ni se dio tregua. Al principio y por la sorpresa hubo un poco de duda y titubeo, pero el silbido de los "chumbos" nos sacó de ello, sabiendo que no era broma, y que cualquier "rebote" o balazo directo nos podía pasar a mejor vida. Buscamos refugio entre los troncos y árboles más gruesos y avanzamos después despacio, con cautela, como verdaderos veteranos que éramos, ya arrastrándonos, ya saltando o a la carrera, tratando siempre de ofrecer el menor blanco posible, pero siempre en cohesión. No nos aturdíamos y todavía nos hacíamos chistes y desafiábamos al enemigo a que se hicieran ver, pues mejores conocedores que nosotros en ese terreno, combatían con la ventaja de no ser vistos, haciendo diez disparos, por cada uno de los de nosotros, que lo hacíamos cuando estábamos seguros; teníamos que aprovechar los proyectiles de nuestras cananas, porque no sabíamos cuánto iba a durar aquello. Nosotros combatíamos en las sendas y picadas, exponiéndonos más que ellos. Así llegué a la costa con mi grupo, siguiendo paralelamente a ella. Divisamos en el río a una canoa, como a cien metros de donde nos encontrábamos, que venía con cinco individuos todos armados, con el propósito seguro de apoyar el fuego de sus compañeros. Me gritó uno de los gendarmes: "¡Tíreles, ayudante!", y aunque no era orden, no me lo hice repetir.

Porque pensé al instante que, a lo mejor iban a terminar con alguno de nosotros, me llevé el "Halcón" a los ojos y apuntando cuidadosamente, abrí el fuego, viendo cómo la canoa se daba vuelta de inmediato. Al mismo tiempo, algunos de los individuos procuraban llegar a nado a la costa. Seguimos avanzando hasta llegar a un rancho donde un alférez y un cabo, con sus respectivos grupos, se tiroteaban con varios individuos.

Al ver la situación, di un rodeo con mi grupo, tomándolos entre dos fuegos. Debido a esta maniobra y a la sorpresa, se dieron a la fuga. Parecía que todo se había acabado. Avanzó un gendarme y casi llegó al rancho; estaba parado y cuando el cabo le gritó que se arrodillara o arrastrara para ofrecer menos blanco, al darse vuelta para ver de dónde provenía la orden, según me pareció a mí, recibió un proyectil en la espalda que le salió por el vientre y, para colmo, de un recortado.

Arremetí con otro gendarme derecho al rancho y para el lado de donde se había hecho el disparo, logrando hacer huir a los malhechores. Entramos al rancho, mientras se nos reunían los demás gendarmes. Hicimos una improvisada camilla con un catre que encontramos y vendé lo mejor que pude con mi faja al herido, que sufría enormemente.

A cuarenta metros del rancho, por la parte de atrás, encontré cápsulas de fusil vacías y una "guampa" de tomar "tereré" que en el apuro y en su huida se habían olvidado de recoger los malvivientes.

Cuando ya nos retirábamos —llevándonos al herido en la camilla que hombreaban cuatro hombres—, atacaron de nuevo y con más furia que al principio.

Fueron horas y días que ninguno de la nombrada comisión va a olvidar. Si lo cuento es gracias a que los guardaganados habían copado a otros maleantes, los que venían a tomarnos entre dos fuegos; si no, quién sabe cómo lo hubiéramos sacado. No nos daban "calce"; se aprovechaban de su superioridad. Llegamos al lugar donde habíamos dejado los caballos, después de machetear un par de horas abriéndonos picadas, porque era imposible transitar por las que habíamos venido. A todo esto el herido, con toda su entereza, decía a pesar de estar grave: "¡Estoy bien, muchachos, déjenme y métanles balas!". Momentos más tarde, se reiniciaba el fuego. Un gendarme y un baqueano, mandados por el cabo, salieron en busca de refuerzos para la estancia, pues nos tenían a mal traer. Teníamos pocos proyectiles y nada de agua. Dijo entonces el cabo: "¡Gendarmes, no desperdicien la munición!", ¡y era como para desperdiciarla! Así estuvimos hasta el anochecer, hasta que sentíamos que venía un camión y en él nuestro refuerzo. "Nuestra salvación —me dijo entonces el herido—. ¡Sabe, compañero, me estoy enfriando; de ésta no me salvo!". Trataba de sonreír. Siguió diciendo: "No me vaya a dejar morir sin el cura". ¡Pobrecito!, me dio mucha lástima y le contesté:

"¡Pero no te vas a morir, hermano!" y trataba de reanimarlo, aunque noté que el pampeano se nos iba. Me pidió un trago de caña, lo bebió y se quedó más tranquilo.

Lo llevaron esa misma noche. Terminó el combate, por así decirlo, debido al refuerzo y porque los maleantes, viéndose perdidos, huyeron en todas direcciones. Nos retiramos a la estancia. Al otro día, supimos de la muerte del gendarme; había muerto después de confesar; recién entonces me quedé tranquilo, porque esa noche no dormí recordando sus palabras: "Hermano, no me vayas a dejar morir sin el cura". Cuando se supo la noticia, todos se desparramaron, todos mirábamos hacia el lado del encuentro; ¡era sólo un ansia el que sentíamos, el ansia de hacer pagar la deuda por el finadito...!

Ese mismo día y en horas de la mañana, cuando se nos dio orden de partir, salió todo nuestro grupo adelante, en busca de los que habían quedado la noche anterior de los maleantes, que en las primeras horas seguían haciendo disparos en las costas como "convidándonos" a que la "siguiéramos". En dos secciones reanudamos el encuentro como a las diez de la mañana. Quizás no fue tanto por venganza, sino para sacarles de allí, para que no hicieran más daño. Las costas se vieron libres, ¡al fin!, de sus hazañas. Para mí y para muchos, Estancia de Oro no será fácil de olvidar, tanto como la memoria de aquel gendarme pampeano, muerto en el cumplimiento de su deber.

Como los hechos de estos cuatro últimos capítulos, con páginas llenas de heroísmo, acción y actos de abnegación y coraje, los hubo por miles, acontecidos en mi escuadrón e institución.

Sé de un suboficial de Gendarmería que, allá en Neuquén, en plena cordillera y desafiando la nieve y el terrible viento blanco, haciendo cuarenta kilómetros de camino, salvó a sus compañeros de sección, que hubiesen perecido porque se encontraban aislados, no teniendo cómo recibir auxilios, medicamentos y víveres. Y de otros tres camaradas que un día decidieron cruzar la cordillera por los mismos pasos que lo hicieran el General Don José de San Martín y sus tropas. Salvaron infinidad de obstáculos y volvieron "como si nada", demostrando a los argentinos y al mundo entero, que todavía perdura la sangre de aquellos gloriosos soldados que libertaron medio continente y nos dieran nuestra propia libertad, con páginas gloriosas para nuestras armas.


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