Provincia de Chiquitos

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plusViaje a la América Meridional
Alcide d'Orbigny (1830)

Provincia de Chiquitos

Partida a la Provincia de Chiquitos

Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos:

Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos:

Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:

Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.


linkViaje a la América Meridional
Imágenes Etnográficas

 

PortadaEl naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.

Después de cuatro días pasados en San Juan, lo dejé sin pena, impaciente por librarme de las ceremonias y emprender en Santa Ana, convertida en centro de mis operaciones, investigaciones relativas a la provincia. El 19 de octubre, habiendo despachado la víspera mi carga, me encaminé directamente a San Rafael, que distaba sesenta leguas al noroeste. Mientras seguía una línea paralela a la cadena de gneis de San Juan, recorrí, hasta las ramadas de Santa Ana y San Nicolás, ocho leguas de tierras arenosas, poco arboladas, cortadas por pequeños llanos donde resplandecía la primavera tropical, con su fresca verdura e insectos de colores metálicos y alas multicolores. Luego entré en un bosque umbroso que un sendero apenas dibujado bajo- enormes árboles, atravesaba por espacio de nueve leguas sin la menor variación. Empezaba a fatigarme cuando por fin un suelo menos boscoso apareció cortado por planicies redondeadas, prolongándose cinco leguas más hasta Tunas, mera choza donde paré a hacer noche tras una marcha de veintidós leguas. Allí colgué mi hamaca y en vano busqué un descanso que los mosquitos no me permitieron disfrutar.

Indios de la Provincia de Chiquitos.

Misión San José

Misión San José
Misión Concepción

Camino Guaravito a Chiquitos

La víspera había seguido paralelamente a la cadena de San Juan, que me pareció descender en Tunas. Allá la perdí de vista, para entrar en una selva muy tupida donde, después de haber avanzado todo el día sin divisar nada, una marcha de diez y nueve leguas me llevó a un llanito, en el que paré cerca de una roca que llaman La Piedra. Había descansado un instante a la mañana, después de las primeras leguas de tierra llana y húmeda, donde observé multitud de abejas, sobre todo de la especie mitad negra y mitad amarilla, conocida por Opanoch. En esta marcha forzada, atormentado por una sed devoradora, por ninguna parte había encontrado con qué saciarla. Al atravesar unas elevaciones, pertenecientes con seguridad a la extremidad meridional de la cadena de San Juan, creí por un momento que las hondonadas me lo darían: fue un error. En La Piedra, donde esperaba tener más suerte, también vi defraudada la esperanza; no había alto ni agua. Me tendí en el suelo, haciendo cavar una depresión donde, tras gran esfuerzo, se obtuvo un agua barrosa con la que hubo que conformarse. Los mosquitos no nos dejaron descansar hasta Tunas.

Me faltaba andar veinticinco leguas para llegar a San Rafael. Cansado por las malas noches y las marchas, resolví hacer una tentativa para franquearlas. Con esta intención partí al amanecer; anduve tres leguas, teniendo al oeste la Sierra de San Carlos (cuyos mamelones redondeados se perfilaban en el horizonte) y la orilla de un estero afluente del río San Miguel, que pasé por la llanura más hermosa del mundo. Este pantano limitado, cuyo lecho tiene bastante hondura, se llena tanto de agua en tiempo de lluvia que resulta imposible su cruce. Entonces quedan interrumpidas del todo las comunicaciones entre San Juan y San Rafael. Entré a un gran bosque de ocho leguas de longitud, poblado de árboles enormes, al salir del cual recorrí cuatro leguas por terreno rocalloso y desigual, hasta el arroyo Dolores. Cansadas por los días anteriores, nuestras cabalgaduras no nos habrían podido llevar más lejos, pero el administrador había tenido la amabilidad de enviarnos caballos de refresco y pudimos seguir viaje poco rato más tarde, cruzando tierras irregulares y cortadas por planicies y arboledas, hasta el barranco de Santa Bárbara, por donde había pasado al partir de San Rafael, y de allí hasta la misión. Agotado de cansancio me eché sobre un cuero, saboreando la dicha de estar a cubierto de las venenosas picaduras de los mosquitos.

Después de varios días empleados en investigaciones de historia natural y en recorrer otra vez los alrededores de San Rafael, fui a Santa Ana donde tardé poco menos de un mes en completar las observaciones de todas clases. Había cambiado por completo el aspecto de Santa Ana y sus alrededores. Una vegetación activa y fresca verdura revestían el suelo, esmaltado de flores variadas. Apenas si podía reconocer los campos que dejara dos meses atrás. Esta efervescencia general de la vegetación atraía multitud de insectos de todas las especies y brillantes aves que, al animar el conjunto, me sirvieron como nueva fuente de riquezas y labor.

El 2 de noviembre asistí a un hecho nuevo para mí, que me produjo gran sorpresa. De todos los rincones de la casa de gobierno salió, con seguridad para acoplarse, un enjambre extraordinario de machos y hembras de hormigas aladas. Cuando los indios lo notaron, oí que por todas partes decían: “Son ocepes”. Hombres, mujeres y chicos acudieron a disputarse la posesión de las hembras, cuyo abdomen redondo, del grosor de una arveja, estaba lleno de gérmenes de huevos, materia grasosa y blanca. Me complacía ver cómo esas pobres gentes atrapaban las hormigas, les arrancaban el abdomen y lo saboreaban con tanto gusto como si fuera el fruto más suculento. Otros golosos, más delicados, juntaban los insectos en un recipiente para comerlos fritos. Superando la repugnancia que debía inspirarme el aspecto de un manjar tan raro, lo quise probar y lo encontré bastante agradable. Durante una quincena los indios se dedicaron a cazar hormigas por todas partes, haciendo gran provisión.

Otro día, el gobernador, que había salido un momento a un patio que se comunicaba con el campo por medio de anchas barreras siempre abiertas, creyó ver que pasaba un gran animal cerca de sí y volvió muy asustado. Al día siguiente se encontraron en la arena rastros de jaguar. Esta aparición conmovió a toda la misión. Enseguida se hizo afuera una jaula de ramas gruesas cebada con un gran trozo de carne, a la que se adaptó el mecanismo de una puerta a báscula. La estratagema, empleada en todas las zonas donde pululan esas fieras, dio resultado la segunda noche. Al alba me lo vinieron a avisar. Nada más impresionante que aquel jaguar furioso que se lanzaba sobre los barrotes de su jaula, en cuanto alguien se le acercaba, haciendo volar virutas de corteza con sus garras aceradas. Constituía en verdad un bello espectáculo que nadie disfrutaba, temiendo que los esfuerzos del feroz animal le procuraran la libertad. Echado cuando se creía solo, brillaban sus ojos a la menor aproximación; entonces se abalanzaba a los barrotes y sacudía toda la jaula para salir y atacar a los espectadores. El miedo de verlo zafarse decidió su muerte; una bala puso término a la rabia del prisionero y devolvió la tranquilidad a Santa Ana.

Los jaguares, muy comunes en la provincia de Chiquitos, ocasionan daños importantes en los establecimientos de cría de ganado. Esas fincas diseminadas por lugares alejados, están rodeadas por vastos desiertos, donde el animal tiene refugio natural y consigue obstaculizar el incremento de los rebaños e impedir su prosperidad. El gobernador, que conocía la bravura de los indios, ofreció una vaca servida por cada piel de jaguar que se le trajera; esta disposición tuvo un efecto extraordinario: en el último año se habían matado por lo menos cien fieras y sus cueros curtidos hacían un lindo tapiz ya colocado en la gran sala de recepción del gobernador. Los indios los cazan con trampas análogas a la de Santa Ana o a flechazos, arma que emplean con mucha habilidad.

Antes de dejar Santa Ana habría deseado visitar la ciudad de Matto-Grosso, distante cincuenta y nueve leguas al norte, pero renuncié al viaje, porque había reaparecido allí una fiebre endémica que diezmaba la población, ensañándose especialmente con los blancos. Esa fiebre, casi anual, sólo permite vivir en la ciudad a mulatos y negros, mientras los blancos deben refugiarse en Cayaba, actualmente capital de la provincia. Siguiendo los límites trazados entre España y Portugal por el tratado de 1777, la Villa bella do Matto-Grosso debía constituir la frontera, pero no es así, encontrándose de hecho el limite en Salinas, vale decir a treinta y tres leguas de Santa Ana. Por lo demás, el único camino que existe entre la república de Bolivia y Brasil es el de Santa Ana, por el cual numerosos españoles vinieron de Río de Janeiro al Perú. Tales viajes son aún bastante frecuentes, en razón del tráfico de diamantes existentes en la cadena de Diamantino. A doce leguas de Santa Ana existe, sobre la ruta, el puesto del Pato, donde se mantienen todo el año, en nombre de Bolivia, algunos soldados que observan los movimientos de los brasileños. Del Pato a Purubi se cuentan trece leguas de llanos cortados por palmares de carondai, bosquecitos naturales y prados magníficos para los animales. El mismo terreno prosigue ocho leguas más. hasta Salinas, primer puesto brasileño, límite actual entre la República y el Imperio. Brasil mantiene allí un fuerte destacamento militar. Salinas está ubicada cerca de un estero enorme, bordeado de árboles, fuente del río Barbados que, catorce leguas más lejos, ve alzarse a sus orillas la localidad de Casalbasco. Es lugar de deportación, donde se exilia a los condenados. Desde la guerra por la independencia se retiene allí a familias chiquitas, que el gobernador Ramos sacó de Santa Ana y los pobres indios se sometieron a una vigilancia igual que la dispensada a los criminales porque los brasileños temen su vuelta a Santa Ana. Todas las noches se los encierra; sólo van al campo con escolta de soldados y se los castiga con rigor cuando se los sorprende en campaña o se sospecha que quisieron evadirse. De Casalbasco a Matto-Grosso sólo hay doce leguas, que se recorren por el río Barbados en lindas piraguas. La navegación está ya establecida en este punto, hasta la desembocadura del Amazonas. Algunas barcas grandes remontan todos los años el Pará y el Río de Maderas, llevando a Matto-Grosso todas las mercancías europeas.

El 23 de noviembre me despedí de Santa Ana, siempre en compañía del gobernador, encariñado con esos buenos indios que me habían prestado tantos servicios. Me dirigí a San Miguel, de donde días después me encaminaba a Concepción y San Javier bajo una lluvia casi continua. No hablaré de las misiones ni del camino, ya descritos en el capítulo XXIX Por todas partes efectué buenas recolecciones de historia natural. La naturaleza revestía entonces sus galas más ricas. En Concepción tuve que dejar al gobernador, que siguió viaje hasta Santa Cruz. Con verdadero pesar me separé de él; había podido apreciar sus buenas cualidades y amabilidad, sintiendo por él un afecto particular. Don Marcelino de la Peña, nacido en Cuzco, se había distinguido en el ejército español, donde alcanzara el grado de teniente coronel. Por merecer sucesivamente la confianza de España y de su patria, llegó a ser, después de la emancipación, mayor de plaza, comandante militar y jefe de policía en Santa Cruz; luego gobernador de Moxos y después de la provincia de Chiquitos, donde toda su ambición consistía en efectuar mejoras de utilidad. Le debo el éxito de mi viaje y eterna gratitud. Desde entonces nunca lo recordé sin verdadero placer. ¡Pueda ese honorable funcionario leer estas líneas con el gusto que experimento en evocar todo lo que debo a su amistad!

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